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“Es un privilegio que la gente identifique Albalate por nuestras patatas”

“Es un privilegio que la gente identifique Albalate por nuestras patatas”

Víctor Sierra pertenece a la cuarta generación de una familia que desde sus inicios ha regentado Casa Santos. El negocio comenzó en un pequeño local de la plaza Mayor de Albalate de Cinca, donde nacieron las famosas patatas gratinadas que llevan el nombre del restaurante. Un plato original que surgió de casualidad en tiempos de posguerra. Con el paso de los años se ha convertido en el emblema de todo un pueblo.

Patatas gratinadas con carne picada, bechamel y queso, esos son ingredientes básicos de las “Patatas de Casa Santos”, también conocidas como “Patatas de Albalate”. Un contundente plato que ha sabido conquistar el paladar y el estómago de cuantos las han probado. Para conocer sus orígenes nos hemos de remontar al siglo pasado, cuando Santos Montull, bisabuelo de Víctor regentaba un establecimiento en la población mediocinqueña. Fue cuando se casó en segundas nupcias con Elena cuando comenzaron a servir comidas. En los años cuarenta el local ya estaba en funcionamiento, era pequeño y estrecho; entrando a la derecha estaba la barra y a la izquierda unos toneles. En el techo de la zona de la barra había colgados jamones, longanizas y chorizos.

“Me acuerdo que solo había una mesa redonda, todo el mundo prefería sentarse allí. Los viajantes llegados de diferentes lugares se sentaban juntos allí, después echaban sus partidas de guiñote con sus Farias y copas. Como no había teléfonos móviles quedaban de una semana para otra a comer en Casa del Tío Tijeras, mote de mi bisabuelo (actualmente el logotipo del establecimiento conserva la casa y la tijera). Había días como los lunes que se juntaban muchos, luego con el paso del tiempo paso a los miércoles y viernes”, explica Víctor Sierra, actual regente del negocio junto a su madre Inés. También disponía de “fonda” para dormir. Aunque realmente el punto de inflexión llegó con las patatas.

Elena todos los domingos realizaba un plato estrella para los trabajadores, por lo general macarrones, pero en aquella ocasión se dio cuenta que en la despensa no quedaban, y opto por incluir las patatas en el menú sustituyendo a la pasta que realizaba habitualmente. Cuál fue su sorpresa, cuando a la semana siguiente los clientes le volvieron a pedir que realizara el mismo plato. “El paso del tiempo y el boca a boca consolidó el original producto y hemos logrado ser un referente. Es un privilegio que la gente identifique Albalate por nuestras patatas. Hasta aquí viene gente de toda la comarca, pero también de Lérida o Zaragoza e incluso más lejos. Hemos logrado traspasar las fronteras de nuestra zona de influencia”.

Tras medio siglo en la plaza Mayor, las nuevas generaciones decidieron dar un salto cualitativo y cuantitativo y abrieron un nuevo restaurante situado en la calle Sebastián Martín Retortillo, a unos centenares de metros del originario. “Fue un gran salto. Al principio nos sobraba espacio por todos los sitios, pero poco a poco logramos consolidarlo e incluso más adelante hemos realizado varias ampliaciones”. Actualmente Casa Santos cuenta con un salón en la planta baja donde ofrece comidas y cenas a diario, otro salón para eventos (reuniones de amigos, comidas de trabajo, bautizos, comuniones…), una terraza de verano, un hostal con trece habitaciones y parking.

“La inversión que está realizando la papelera de Alcolea nos ha repercutido de forma muy positiva. En momentos puntuales la zona se queda corta de plazas hoteleras y eso nos permite que hasta aquí vengan a dormir gente que por ejemplo está trabajando en la construcción del nuevo matadero de Binéfar”, señala. La actual plantilla del establecimiento está formada por alrededor de diez personas además de Víctor e Inés. Ambos coinciden que cada vez cuesta más encontrar mano de obra cualificada. “Tenemos muy buen personal, algunos llevan muchos años con nosotros. Muchos han venido de fuera e incluso se han comprado una casa en Albalate y han formado una familia. Todo esto es importante porque fijas población y te da tranquilidad. Cuando se va alguien es complicado encontrar sustitutos. En la zona la mayoría se dedican a la agricultura y la ganadería; y el que no se va fuera a estudiar”.

Una de las mayores satisfacciones de Víctor es seguir contando con el apoyo de sus clientes. “Sin ellos hubiera sido imposible aguantar tantos años en un pueblo tan pequeño y haber logrado pasar de unos a otros tantas generaciones”. Aunque reconoce que entre semana una vez da el servicio de comidas la población está un poco parada, sobre todo cuando empieza el frio.

La hostelería ha cambiado mucho con el paso de los años, y por ello es importante adaptarse a los nuevos tiempos. Cuentan con una página Web (www.restaurantecasantos.com) y también tienen presencia en las redes sociales. Como anécdota, Víctor nos cuenta que a mediados de septiembre el grupo Mago de Oz se alojó allí y comieron en el restaurante con motivo de su concierto en las fiestas de Binéfar. “Me daba corte pedirles una foto para poner en nuestro Facebook porque no quería molestarles. Al final llegaron unas chicas que quisieron fotografiarse con ellos y pudimos inmortalizar el momento. Tuvo una gran repercusión en redes sociales. No es habitual que tengamos mucho famoseo por aquí”. Otro de los que ha pasado por Casa Santos fue el músico Raimundo Amador.

También ha cambiado la forma de comer, aunque en casa Santos siguen apostando por la comida casera y productos tradicionales aragoneses. “Ahora se sale más a disfrutar que a llenar la tripa. Incluso algún trabajador nos pide menos cantidad en las raciones. Algo impensable hace unos años”. Por otro lado, resalta el regreso del puchero, platos de garbanzos, legumbres. “Las abuelas se han ido muriendo y ya nadie cocina estos platos. Los jóvenes tiran más de plancha, y por eso cuando van a un restaurante les gusta comer algo diferente”. Incluso han tenido que volver a incluirlo en su carta.

Víctor comenzó desde muy pequeño su vinculación con la hostelería, comenzó ayudando de forma puntual y finalmente decidió asumir el reto de pasar a ser la cuarta generación que regentaba Casa Santos. “Es una profesión muy esclava, pero desde siempre no he conocido otra cosa. A mi hijo le pasa lo mismo, tiene dos años y ya se pone detrás de la barra. Para él es un juego intentar abrir una coca cola o llevarle algo a un cliente. La hostelería tiene algo que te engancha, el cuerpo te lo pide”.

Desde Santos Montull y su mujer Elena, su nuera Teresa, y más tarde la nieta Inés y su esposo Ramón, hasta llegar a Víctor; todos ellos han labrado el pasado, presente y futuro de Casa Santos.  Un lugar de referencia para los vecinos de la ribera, para quién está de paso o para aquellos que han escuchado hablas de las famosas patatas y no dudan en realizar cientos de kilómetros para probarlas. Sin duda, uno de los mejores embajadores de la comarca.

 

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